miércoles, 2 de enero de 2013

Cena de empresa.

No quería estar ahí, hubiera preferido quedarme en casa y desfondar mi alma con alcohol barato en soledad, sin testigos, no en la puta cena de empresa. Pero ya era demasiado tarde, llenaba mi copa compulsivamente y brindaba por Baco el conquistador mientras los demás me rodeaban con sus anécdotas del trabajo, compitiendo por ser el protagonista que llenara con su única y peculiar estulticia, con sus fotos de miseria, el hueco degradante de la conversación.

Pero eso no fue todo, después fuimos trastabillando hacia nuestro particular Gólgota, una discoteca del extrarradio. Nos hicieron descuento por grupo, pero las camareras nos sonreían mientras nos servían garrafón, conscientes de su venganza prospectiva. Me dejé llevar por la inercia estúpida del entorno e intenté provocar la elipsis con tres copas.

Había pasado una hora cuando me tumbé en uno de los sillones del reservado, observaba a uno de nosotros, cuarentón, tripita cervecera, bailando alegre mientras intentaba el acercamiento a las féminas veinteañeras que nos rodeaban. Éramos un zoo de monos, estaba seguro de que a la mayoría no le gustaba ese ruido/música, tenían la garganta entumecida de gritarse tonterías al oído, de reírse de esas mismas tonterías, ¿había algo más tedioso que esforzarse por divertirse? Me señalaban con el dedo pensando que la bebida me empezaba a afectar, pero simplemente odiaba este circo, esa imposición de diversión, era como una gran broma, todo el mundo sabía que era ridículo, pero nadie se atrevía a romper la norma, era lo que tocaba hacer, porque sí, la normalidad, podíamos desinhibirnos pero en un entorno controlado y preparado para entumecer los sentidos. Música estridente, alcohol adulterado, compañía descerebrada. El premio, naturalmente, era mostrar un baile de cortejo adecuado y, por fin, aparearse al final de la noche. El motivo ulterior.

Sentado ahí, observando todo con ojos de basura humana, me entraron, poco a poco, ganas de morir. Y en la quietud de esa vorágine de carne, alargué mi mano hacía el mosaico de bellos colores, bebidas ajenas, que me hablaba desde la mesa, e introduje el variado veneno en mi cuerpo, con la afinidad de un castigo vulgar.

El local cerró, hubo muchas despedidas, y quizás dije cosas duras y cortantes que fueron acogidas con risas incomodas, un par de insultos y un conato de violencia; es divertido observar como se rompe en pedazos esa pátina de civismo que suele sodomizar nuestros espíritus. Pero no pasó nada importante.

Había niebla, pero de algún modo conseguí llegar a casa. Me arrojé sobre la cama, el pitido inmisericorde en mi cabeza, la mano hinchada palpitando. Acaricié las venas de mi muñeca: estar vivo no era la mejor forma de terminar la noche. Todo era tan erróneo. Además, el veneno, la descomposición espiritual, pugnaba por salir. Intenté resistir, pero la sangre era más fría que de costumbre, carámbanos de hielo recorriendo el antebrazo, congelando mi cuerpo de ovillo; y como en tantas otras cosas, fracasé, y terminé vomitando hasta las entrañas.

Y adoré durante unos minutos
de rodillas
mi decrepitud
y luego me incorporé
temblando de vida
a pesar mío.

El cuadro II by Héroes del Silencio on Grooveshark