viernes, 28 de diciembre de 2012

Hay textos donde hay más verdad que realidad; y resulta curioso, porque a veces para entender la realidad hay que vestirla de ficción e hipérbole.

Borracho. Tres de la mañana. Mi cuerpo de harapo es mordisqueado con romanticismo por la soledad. Irene Adler esquiva mi beso de semen. ¿Existo? Corriente de aire frío. Fantasma. Horla. Polidori. Stoker. Súcubo. Lestat. Jardín Salvaje. Lorca se retuerce en su fosa común mientras eyaculo en la página en blanco mi accidente emocional; la vida real empieza a preparar la emboscada de mañana.

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La creación deviene primero en entretenimiento, un puzzle preciso y funcional sin capacidad de sorpresa que simplemente distrae; el arte en cambio azora, incomoda con su juego de espejos, de preguntas y respuestas, provocando siempre una reacción.

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El mundo es un gigantesco supermercado donde todo –y todos- llevan muy visible la etiqueta del precio. Luchamos por integrarnos y por eso, tarde o temprano, prostituimos nuestro tiempo por una tarjeta de crédito que nos permita coleccionar y cosificar todo lo que nos rodea. Olvidamos lentamente nuestros sueños, intercambiamos la posibilidad de ser felices por un nuevo canal de televisión.

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Se escucha un latido afilado e intenso. La heroína se despereza al borde del abismo negro del papel de plata. Cada nervio es una erección; “Fóllame” grita la droga mientras me ofrece su amor sincero de muerte en vena. Alguien afable añade algo de coca a la mezcla; al fin me pierdo, huyéndome, pero no puedo evitar recordar, antes de perder la consciencia, tu mensaje en el contestador.

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Nada más empezar te daré un par de bofetadas. Ya nos conocemos, mi querida puta, no hará falta que mi mano se pierda entre tus muslos para comprobar lo caliente que estás, sé que sólo con eso ya estás al borde del orgasmo.

Tengo curiosidad, ¿a quién podrías contar la verdad, ante quién podrías abrir tus piernas de niña buena y susurrar al oído que te excita la humillación, que el romanticismo es un mero complemento caduco? 
Cuatro dedos, como sirenas buscando a Ulises, arquean tu coño matando la culpa. Nadie te va a follar como yo, nadie rasgará tu ropa y golpeará tus pechos con mi delicadeza; nadie limpiará con la lengua tu cuerpo profanado por la lluvia dorada y todo lo demás, nadie te obligará a salir al balcón desnuda para que masturbes la luna, ni te cantará “Love Me Tender” hasta que pierdas el control de tu piel de escarcha.
Solo yo soy capaz, tu Amo, y quizás en parte, tu esclavo. No lo vuelvas a olvidar.

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La muerte desciende como ciénaga desnuda por mis muñecas. Tú gritas, me abrazas, pero mis rodillas se doblan, mi cuerpo se retuerce como si estuviera atrapado en un accidente de coche; y te confieso que sí, que lloré a mitad de la película y nunca conseguí terminar de verla. Unas sirenas suenan a lo lejos -¿es la policía o una ambulancia?
Tanto tiempo desperdiciado, separados por el miedo, sin poder reposar mis cicatrices a la sombra de tus pestañas. Pero es mejor así, destierra mis caricias a los reglones torcidos de Dios. Aléjate de mí, el frío es contagioso.
Pero no me haces caso, atas mis venas con un lazo de regalo y sigues masturbándote. Mi sangre se mezcla en el suelo con tus flujos.

Todo es amor y delirio. Un jodido final feliz, ¿no?

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