miércoles, 4 de enero de 2012

Nada sucedía como había planeado.

Me decía un amigo, de esos imaginarios que tengo, o que todos tenemos pero nadie reconoce, que ninguna persona que tenga una pasión y se entregue a ella puede estar realmente perdido en la vida. También me dice que no es bueno que piense en ella cada vez que las cosas no van bien, con esa esperanza inconsistente de que a su lado hubiera sido diferente. 

Mientras escucho la banda sonora de A Clockwork Orange me vienen a la mente dos imágenes muy distintas: Gene Kelly vivaracho y feliz cantando bajo la lluvia y la de Alex dando patadas al marido de la mujer que en breves instantes va a violar. Así es la magia de la música, el cine, o la literatura. Por fortuna no es tan permanente con esa mujer por la que darías tu alma, tu vida y tu futuro, todos sabemos que en algunos meses -¿años?- solo te transmitirá indiferencia.

Porque somos animales deficitarios…dopamina, oxitocina, testosterona o endorfinas en general, todo es una huella química, un instinto artificial de monogamia que se agota a los dos o tres años, lo justo para dejarla embarazada, tener el niño y pasar a la siguiente. Somos víctimas de nuestra cultura actual. En un futuro inmediato la ciencia producirá una píldora anticonceptiva de una sola toma al año –también para hombres-, no habrá ETS, y aunque venderán como aspirinas la fórmula química del amor en cualquier farmacia –y su antídoto, o su vacuna-, no tendrá demasiado éxito porque la promiscuidad no tendrá sentido peyorativo y solo seremos un mercado de carne, un gadget, una píldora de experiencia. No habrá celos ni posesión.

Y todo el mundo vivirá mejor, con mayor serenidad. Consumiendo, firmando contratos de matrimonio, sin amor, para seguir produciendo para el Padre Estado más crías. Otro pequeño negocio. El poemario “Werther es un idiota con una pistola” dará el pistoletazo de salida para la denigración de todo ese romanticismo vetusto, anacrónico y absurdo que nos coloniza ahora. No habrá delitos de exhibicionismo porque la gente follará en cualquier lugar sin pudor, con normalidad. Habrá una educación sexual libre desde niños por lo que no habrá ninguna filia que, con el acuerdo de ambas partes, esté prohibida. Debido a esos cambios la prostitución se legalizará, integrándose como un servicio más en centros comerciales. Las antiguas lacras como las violaciones, violencia doméstica, comercio sexual, todo, desaparecerá.
Y nos mirarán desde el futuro con una mezcla entre pena y desdén pensando: “¿cómo eran capaces de vivir de esa forma?”

Es curioso, pero casi diría que el mito del escritor alcohólico es, en cierta medida, necesario. Hablamos de escritores claro, no de simples coleccionistas de modas, modismos, lugares comunes y bostezos colectivos. Hablamos de sangre, vísceras, y esa cara que se te pone cuando un texto te coge de los testículos, aprieta y tú pides más y más. No tengo en el bolsillo ninguna metáfora femenina. Esa pizca de inconsciencia, barniz de locura, desasimiento de convencionalismos, de ir al otro lado, de salvaje egocentrismo.

Luego llega el día siguiente y la resaca se pudre en tu cerebro como perfecta orquestación antónima del talento. Lo has perdido, junto a todos esos millones de neuronas y conexiones sinápticas, anegado en el rojo y frio crepúsculo del vino. Podría decir el atardecer violeta, pero no tengo la sensibilidad de un poeta ni suelo mirar al cielo para comprobar su color. Divago. La cuestión es que relees el texto y no puedes acceder de nuevo a ese estado de ruptura, ni siquiera te reconoces en esas tres o cuatro frases ingeniosas que puedes rescatar. Y te conviertes en un bebedor noctívago. Primero porque la otra opción es Hemingway y decorar el salón con tus sesos, y tú ni siquiera has escrito un par de buenas novelas. Y segundo porque no te gustan los toros, ni el boxeo -a pesar de que “Toro Salvaje” te parece una película maravillosa-, ni has ido a la guerra. Tu vida no es peligrosa. Es anodina. Por eso coges el vino blanco e intentas encontrarte, al otro, al que tiene talento, no este despojo sin sombra que eres ahora. Pero, ¿qué es el talento? La capacidad de sorpresa, de crear algo diferente. Bello es su emoción.

Aunque realmente el talento depende del público. Si tenemos un público oligofrénico iletrado, es fácil convencerles de una mentira. Sería sencillo sorprenderles, provocar que se levantaran de sus asientos al leer por primera vez en una frase las palabras “coño” y “polla” o la descripción de la violación de una shemale. Juegos de artificio, pólvora mojada, semen en el suelo de un adicto a la pornografía.

No, la única forma de convencer es convencerse, y para ello el escritor tiene que ser primero lector. Si lees a los clásicos sabes perfectamente cuando estás escribiendo mierda, el noventa por cierto de los futuros escritores caen en una bancarrota de ánimo cuando comprueban lo que es el verdadero talento, se sienten frustrados, ridículos cuando intentan engarzar sus diarios personales, sus cartas de amor o desamor, sus disquisiciones existenciales. El derrotismo anquilosa tus dedos y simplemente prefieres solo leer, hay muchos libros ahí afuera para intentar competir.

Los demás, siguen. Siguen porque o bien creen que tienen talento y solo necesitan práctica –y desde luego tienen toda la vida para adquirirla-, o se consuelan con la diversión, con la terapia, con el público indulgente –y cuando digo público me refiero principalmente a uno mismo. A fin de cuentas ya es un triunfo conseguir una voz propia, ser el demiurgo de tu propia mediocridad, la literatura no es una religión monoteísta, no tienes que chupársela a Jesucristo los domingos, tienes miles de dioses paganos en tapa blanda deseosos de que aprendas de su legado.

Me desvío del tema, y además en los blogs no tiene sentido hablar de esto, hay dos o tres con ciertas ínfulas de escritor, con algún libro autoeditado pero en general nadie tiene pretensiones, les guía la simple diversión. Supongo que quería hablar de la capacidad de atrevernos a crear algo diferente a pesar del entorno, a pesar de la publicidad, a pesar de la represión, de la deformidad mental, de las etiquetas, de tanto libro de estilo que esta puta sociedad nos dicta. Hablo de huir del maniqueísmo, de salidas demasiado obvias e inútiles para el descontento –ejemplo sería el 15M, mucha energía depositada en la nada. Hablo de comprender que comprarse una camisa de Che Guevara y no tener idea de política o simplemente ir de indie porque es la moda es también artificioso, es vivir una ilusión de opinión propia que solo implica elegir el color de tus barrotes.

O quizá solo quiero beber algo, poner algo de música muy muy bajita y escribir. Pero no sé de qué. Como decía alguien “lo mejor de ir de putas es subir la escalera, a partir de ahí todo va a peor” Todo es un enorme tópico. Por eso lo mejor es la heterodoxia, los viajes en el tiempo para pedir a tus padres que aborten o utilicen condón, esa pizca de honestidad que consigues en soledad, porque ya está todo escrito, es una realidad, y seguramente mejor de lo que tú llegarás a hacerlo nunca. Ya se ha hablado de lo fea que es la realidad aunque solo sea ficción, de lo bella que parece la vida entre los muslos de una mujer, del enamorado que disfruta imaginándote desnuda con los ojos cerrados y por eso siempre está tropezando, de mails sin respuesta contándote como echo de menos reírme contigo durante lo que parecía una breve eternidad, de acostarme con el gas abierto, de fingir que no he cambiado a peor mientras solo me sostiene tu sonrisa al leerme, etcétera. Sobre todo se ha hablado excesivamente de los etcéteras.

Pero a pesar de esa mirada displicente del segundo párrafo que nos reserva el futuro, escribir nunca tendría sentido si no soñase con Irene…Irene Adler.

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